El proyecto fue realizado por el Centro de Investigaciones en Ciencias de la Tierra (Cicterra, Conicet-UNC), que analizó los sedimentos, y contó con la colaboración de profesionales de diversas disciplinas como física, geografía, arte e ingeniería química, con el fin de elaborar un perfil histórico del lago y documentar información de períodos sin datos instrumentales o estudios previos de calidad del agua.
Las primeras evidencias de floraciones de cianobacterias se remontan a la década de 1950, tras la construcción de un segundo paredón que sustituyó al original, lo que propició un aumento en el nivel del lago y estabilizó sus aguas, creando condiciones favorables para la proliferación de estas algas.
Sin embargo, este fenómeno se vio agudizado por la expansión urbana que comenzó en la década de 1980 y se acentuó en la de 2000.
La creación del embalse San Roque, a finales del siglo XIX, tuvo como objetivo proporcionar agua potable a la ciudad de Córdoba y controlar las crecidas del río Suquía. En aquel tiempo, la zona era principalmente agrícola y carecía de poblaciones significativas.
A medida que se desarrollaron las urbanizaciones y aumentaron los incendios forestales, las características del agua en el embalse comenzaron a cambiar. El análisis de los sedimentos actuales indica que la década de 1950 marca el inicio de la contaminación crónica.
Este estudio, que comenzó en 2018, se centró en la medición de diversos indicadores que, a lo largo de los años, han quedado registrados en los sedimentos del embalse. Según Luciana Mengo, becaria posdoctoral del Cicterra y participante en la investigación, “en particular, se midieron pigmentos fósiles, que están asociados a las comunidades de algas que han variado a lo largo del tiempo”.
Los cambios observados en estas muestras permitieron a los investigadores registrar el progreso de la “eutrofización del embalse”, es decir, cómo el lago ha modificado su entorno para favorecer el crecimiento de organismos derivados de contaminantes.
La investigadora añadió que la entrada de nutrientes externos incrementa la productividad en el agua. Estos contaminantes provienen, en su mayoría, de ríos afluentes y de áreas adyacentes al lago. “Son el principal factor que acelera la eutrofización”, precisó Mengo.
Además, destacó que “este aumento en los nutrientes puede ocasionar floraciones de algas, particularmente cianobacterias, que son potencialmente tóxicas para las personas, tanto por el consumo de agua como por su uso recreativo. Se observó que a mediados de los años 80 este fenómeno se incrementó y, desde 2000, el embalse ha alcanzado un estado de hipereutrofización, el grado más alto de deterioro en la escala de calidad de los sistemas acuáticos”. Este mismo fenómeno ha sido confirmado en el monitoreo continuo de la calidad del agua que lleva a cabo un organismo nacional sobre el embalse.
La científica advirtió que la eutrofización del embalse está relacionada con las modificaciones recientes en la cuenca: entre 1984 y 2019, los indicadores de urbanización se incrementaron un 200%, mientras que en la zona costera del embalse la cifra ascendió a un 166%, según datos obtenidos por los investigadores.
“La entrada de nutrientes, especialmente fósforo y nitrógeno, se da principalmente por la descarga de efluentes domésticos de comunidades sin tratamiento adecuado”, explicó Mengo. Esta presión, fruto de actividades humanas, altera la calidad del agua y propicia el crecimiento de cianobacterias.
Estos organismos requieren tres condiciones para prosperar: una alta carga de nutrientes, agua estable y temperaturas elevadas. Este círculo vicioso reduce la cantidad de oxígeno en el agua, lo que puede provocar la muerte de peces y generar malos olores, encareciendo el proceso de potabilización.
Pese a la gravedad de la situación, Mengo considera que existe la posibilidad de restaurar el embalse, aunque resalta que cualquier acción de recuperación debe ser sostenida en el tiempo, dado que los sedimentos actuales continúan liberando nutrientes que favorecen el desarrollo de algas.
“Las acciones implementadas para disminuir la carga de nutrientes ayudarán a desacelerar el proceso de eutrofización, pero es esencial que las políticas sean perdurables. De lo contrario, se acortará la vida útil de este sistema”, concluyó.








