Esta solución es el nosework, una actividad que se basa en el trabajo olfativo, adaptando para los perros domésticos técnicas utilizadas en detección profesional. El ejercicio consiste en enseñarle al animal a localizar un olor específico escondido en diferentes lugares, recompensándolo al lograr encontrarlo. Aunque pueda parecer solo un juego de búsqueda, Vilaseca explica que detrás de esta actividad hay un enfoque mucho más amplio.
El perro tiene la oportunidad de utilizar su sentido más desarrollado, explorar a su propio ritmo, tomar decisiones y resolver problemas sin depender todo el tiempo de las órdenes de su dueño. Esta autonomía puede resultar en una mayor concentración y confianza, sobre todo en aquellos animales que muestran inseguridad frente a situaciones desconocidas.
“En muchos casos el nosework puede convertirse en una herramienta terapéutica muy útil para ayudar a perros con dificultades de gestión emocional”, afirma la especialista.
No obstante, aclara que el enfoque no consiste en enfrentar al animal a lo que le causa miedo y esperar que su sentido del olfato resuelva el problema. El proceso debe iniciarse en un ambiente controlado, donde el perro se sienta seguro y pueda realizar los ejercicios con éxito.
Desde allí, se pueden ir incorporando de manera gradual situaciones que antes le generaban incomodidad. Vilaseca menciona que han trabajado con perros que tienen inseguridades frente a ruidos fuertes o que tienen dificultades para tolerar la presencia de otros perros. Mientras llevan a cabo una actividad olfativa que les resulta motivante, pueden enfrentarse a esos estímulos de manera más controlada, asociándolos poco a poco con experiencias positivas.
Una de las principales ventajas del nosework es que no requiere de una condición física específica. Esta actividad se puede adaptar a cachorros, perros adultos e incluso a aquellos con limitaciones físicas. Lo esencial, según Vilaseca, es que el ejercicio esté diseñado para cada individuo, en lugar de que el perro deba ajustarse a una actividad rígida.
Se deben considerar la edad, la condición física, la personalidad, las preferencias, el estado emocional y la duración de las sesiones. “No hay actividades que sean intrínsecamente positivas o negativas; lo que realmente marca la diferencia es la forma en que se llevan a cabo”, aclara.
Para las familias que inician con esta práctica, la primera sesión no necesariamente implica que el perro busque un olor de inmediato. Vilaseca dedica tiempo a que los tutores entiendan conceptos básicos sobre la comunicación canina, la etología y el vínculo con su mascota. Muchos descubren señales corporales que antes interpretaban como caprichos, desobediencia o nerviosismo sin causa.
Una de las pautas más importantes en el nosework es aprender a intervenir menos. Normalmente, los humanos tienden a hablarle constantemente al perro, repetir su nombre o señalarle donde debe buscar. Sin embargo, en esta actividad ocurre lo contrario: cuanto más espacio se le proporciona para que él decida, más se desarrolla su capacidad para explorar y resolver el problema por sí mismo.
Otro error frecuente es extender demasiado las sesiones. Vilaseca resume esta filosofía con una frase sencilla: “menos es más”. Es preferible concluir la actividad después de una búsqueda breve y satisfactoria, en lugar de insistir hasta generar cansancio, frustración o pérdida de interés.
Este principio también guía los trials, pruebas de detección en las que participan los equipos de Nosework Trial Community, donde el objetivo es plantear desafíos adaptados y permitir que cada binomio, compuesto por el perro y su guía, progrese a su propio ritmo.








