Más de un siglo después, aunque la ciencia no respalda llevar esta práctica a tal extremo, ha encontrado que Fletcher podría tener un punto válido. La cantidad y la calidad de la masticación tienen un impacto significativo en el organismo.
La masticación es la fase inicial de la digestión, donde los dientes fragmentan los alimentos en partículas más pequeñas, mientras que la saliva los humedece y comienza a descomponerlos gracias a enzimas como la amilasa. Al reducir el tamaño de los trozos, se incrementa la superficie disponible para los jugos digestivos, lo que facilita su procesamiento en el estómago y el intestino.
“Si no masticas, el intestino no está preparado para procesar la comida”, señala Mats Trulsson, profesor del Instituto Karolinska en Suecia y especialista en fisiología oral.
Adicionalmente, algunos estudios sugieren que una mayor masticación puede influir en la cantidad de nutrientes que absorbemos. Por ejemplo, en un experimento realizado con almendras, los participantes que las masticaron 40 veces absorbieron más energía en comparación con quienes lo hicieron solo 10 veces.
Otros trabajos revelaron que cuando un grupo de participantes masticó pequeños trozos de pizza 40 veces en lugar de 15, posteriormente experimentaron menos hambre y mostraron variaciones en hormonas vinculadas a la saciedad.
Los expertos aconsejan comer despacio y triturar bien cada bocado hasta que sea fácil de tragar.
La sorpresa surge al explorar la conexión entre la masticación y el sistema nervioso. En los últimos años, ha cobrado relevancia el concepto de “eje mordida-cerebro”, que investiga cómo la capacidad de masticar puede relacionarse con funciones como la atención, la memoria y el envejecimiento cognitivo.
Una investigación que incluyó a más de 28.500 personas mayores de 50 años demostró que aquellos con buena capacidad de masticación tenían mejores resultados en pruebas de memoria, fluidez verbal y habilidades numéricas en comparación con quienes enfrentaban mayores dificultades.
Otro estudio con 273 adultos de entre 55 y 80 años encontró que los que mantenían más dientes naturales tenían mejores desempeños en mediciones de memoria semántica y memoria a largo plazo.
Una hipótesis señala las conexiones nerviosas entre el sistema masticatorio y el hipocampo, una región cerebral crucial para el aprendizaje y la formación de recuerdos.
Además, se ha observado que masticar puede incrementar temporalmente el flujo sanguíneo cerebral. Experimentos realizados con chicle indicaron ligeras mejoras en ciertas tareas de atención y alerta.
La relación de la masticación con el estrés también despierta interés. Algunos estudios han hallado que masticar chicle puede ayudar a disminuir la ansiedad o el cortisol en ciertas situaciones, aunque otros no lograron replicar estos hallazgos. Los científicos consideran que aún se necesita más evidencia para llegar a una conclusión definitiva.
Lo que parece evidente es que la masticación tiene funciones mucho más amplias que simplemente reducir el tamaño de los alimentos para su deglución. Activa músculos, nervios, producción de saliva y señales digestivas, altera la velocidad de ingesta y puede influir temporalmente en procesos relacionados con la atención y la circulación cerebral.








