Lo sorprendente de este estudio es la razón por la cual un número significativo de personas se siente atraído por este tipo de jefes. Las conclusiones no se alinean con explicaciones comunes, sino que se centran en el comportamiento grupal.
En lugar de ser el miedo el que motiva a los trabajadores a seguir a sus superiores autoritarios, buena parte de esta lealtad se basa en la percepción que tienen de esos líderes, que frecuentemente resulta ser errónea.
La figura del jefe autoritario tiende a ser un patrón recurrente en las empresas, al igual que el aparente respeto que los empleados les profesan. Este fenómeno a menudo se interpreta como consecuencia del temor a perder el empleo, aunque la investigación psicológica ofrece una perspectiva diferente.
En algunas ocasiones, esos líderes ejercen su autoridad para ocultar fallas en su gestión, lo que puede llevar a que pierdan el respeto de sus subordinados. Para evitarlo, adoptan posturas muy agresivas y controladoras.
El estudio de la Universidad de Stanford revela que el respeto hacia un jefe autoritario va más allá del miedo; se relaciona con la percepción del grupo laboral respecto a esa figura, la cual puede no ser acertada.
Esto implica que si un trabajador mantiene una visión negativa de su jefe, es posible que cambie de sentir o evite expresarse al notar que sus colegas sí muestran respeto hacia esa persona. En este contexto, se adapta a lo que considera la mayoría. Sin embargo, en muchos casos, la interpretación que hace un individuo sobre las opiniones del grupo es equivocada.
Así, la falta de comunicación entre los compañeros, junto con la hesitación de algunos para manifestar sus verdaderas opiniones sobre su jefe, puede llevar a una situación en la que un grupo se encuentra sometido al autoritarismo de alguien que, en términos objetivos, no cuenta con el respeto de ninguno de ellos, a pesar de que la percepción general sea contraria.
Para explorar su hipótesis sobre la percepción errónea de respeto hacia los jefes autoritarios, Gruenfeld estructuró su investigación en cuatro fases.
La primera consistió en una encuesta realizada a 100 estudiantes de su universidad, quienes debían pensar en un individuo que representara las características de un jefe autoritario. Las preguntas abordaron dos ejes: el nivel de respeto personal hacia ese tipo de personas y la percepción sobre la opinión de los demás. Como anticipaba su hipótesis, la mayoría creía que otros mostraban un mayor respeto hacia esos líderes.
Seguidamente, se llevó a cabo una encuesta similar con 150 miembros de un club de trivialidades, quienes evaluaron a tres personas de autoridad reconocida. También se realizó un cuestionario en línea que reunió las respuestas de 160 individuos sobre el miedo y el respeto en el ámbito laboral.
Finalmente, las investigadoras crearon un perfil ficticio llamado “John”, acompañado de una autoevaluación que reflejaba altos niveles de dominancia. Las valoraciones individuales sobre este personaje fueron negativas, pero al conocer la opinión falsa de un grupo sobre él, el respeto manifestado cambió y se volvió más positivo, generando resultados congruentes con el resto del estudio.








