En este contexto, los líderes políticos pueden llegar a rendirse ante el miedo y abandonar sus principios por la propia supervivencia. Richard Nixon se dirigió al entonces presidente de la Reserva Federal, Arthur Burns, con esta sentencia: “No importa la combinación, siempre errále más a la inflación”. El mandatario estadounidense, con el objetivo de reducir el desempleo, estaba dispuesto a sacrificar la inflación, a pesar de haber prometido lo contrario.
En 1958, el economista neozelandés Alban William Phillips publicó un estudio que, tal vez sin querer, articuló una de las más claras conexiones entre dos variables económicas: propuso que los líderes pueden optar entre diversas combinaciones entre desempleo y la tasa de inflación. Phillips examinó casi un siglo de datos en Gran Bretaña y observó una relación inversa entre la tasa de desempleo y el crecimiento salarial: cuando el desempleo ascendía, el incremento de los salarios tendía a ser menor. Su investigación indicaba que existía un intercambio entre la inflación salarial y el desempleo.
La curva de Phillips fue entonces recibida como un significativo avance.
Sin embargo, en 1970, se presentó un escenario inesperado: el desempleo y la inflación comenzaron a aumentar simultáneamente, lo cual sorprendió a quienes habían aceptado esa relación.
El rigor matemático y la capacidad predictiva que antes caracterizaban esta teoría dejaron de ser efectivos. La curva de Phillips enfrentó críticas, y el modelo keynesiano que había guiado las políticas económicas durante casi cincuenta años fue cuestionado. Joan Robinson, una discípula de Keynes, expresó en 1971 que “la ensoñación de la figura de John Maynard Keynes se convirtió en una pesadilla”.
Economistas destacados como Milton Friedman y Edmund Phelps, que trabajaban por separado a fines de los años sesenta, anticiparon el colapso de la curva de Phillips.
Posteriormente, la teoría de las expectativas racionales sugirió que, a corto plazo, las políticas de demanda podrían no resultar en aumentos en la producción, limitándose a incrementar los precios.
Hoy, Javier Milei se posiciona como un crítico acérrimo de la Curva de Phillips. Esta semana reiteró su postura, afirmando que “El desempleo no está volando, está en 7,8 por ciento”, al comparar la inflación y las gestiones de presidentes anteriores, tras implementar un ajuste económico. Según las cifras oficiales, el empleo total, incluyendo el formal y el informal, ha aumentado en los últimos años, aunque la oposición destaca la caída del trabajo formal.
Diversos líderes políticos han enfrentado el dilema de intentar a) bajar la inflación mientras b) minimizan el impacto en el desempleo. Recientemente, el exsecretario del Tesoro de Estados Unidos, Larry Summers, mencionó que, actualmente, los economistas no han encontrado otra estrategia para controlar la inflación que implique enfriar la economía.
En la Argentina, existieron casos de estabilización, como el programa Austral o la convertibilidad, donde la inflación disminuyó y la economía creció. Sin embargo, los trade-offs se hicieron evidentes, y bajo el gobierno de Carlos Menem, el desempleo alcanzó cifras alarmantes, lo que Milei interpretaría como un incremento a más del 15%.
“Los militares le tenían terror a la recesión”, compartió José Martínez de Hoz, quien fue ministro de Economía durante la última dictadura. “Veían un desempleado como un guerrillero en potencia”.
El Ejército y la Armada solicitaron a Martínez de Hoz algo similar a lo que Nixon propuso a Phelps: reducir la inflación de tres dígitos a dos dígitos al final de su gestión, pero sin perder la promesa de mantener el pleno empleo, término que los economistas utilizan para describir un estado en el que la desocupación es únicamente friccional, es decir, personas que están brevemente sin empleo mientras pasan de un trabajo a otro.
En el libro La hora de los economistas, se narra que en 1968, Nixon mencionó a sus asesores que “no se pierde una elección por la inflación”. “A la gente le preocupa más el desempleo que el supermercado”, fue una de sus afirmaciones, al igual que lo dicho por el ministro de Economía de Alemania Federal, Helmut Schmidt, quien aseguró que los alemanes podían tolerar mejor un 5% de inflación que un 5% de desempleo, a pesar de la memoria de la hiperinflación de los años 20. Quizás Milei esté más cerca de encontrar su verdadera identidad, como reflexiona Isidoro Cruz.








