Jeffrey “Jeff” Abredazi, interpretado por Ramy Youseff, quien interpreta a Sam Altman, ha perdido su último vestigio ético, sometido a Randall Garrett, un personaje al que da vida Steve Carell, representando a un demonio libertario que podría ser Peter Thiel. Garrett ha creado su propio capricho: la misma selección albiceleste convertida en víctima del FBI, Donald Trump, la FIFA y Occidente, obligando a Argentina a ceder por haber desafiado al mundo con su trapo insurrecto de Malvinas. Estos cuatro personajes provienen de Mountainhead, una película de 2025 que retrata a cuatro oligarcas de Silicon Valley que siembran el caos en las redes, a la que se suma la final del Mundial, como una especie de pandillas al estilo de Nueva York.
Los “bolcheviques del nuevo orden mundial tecnológico”, según la narrativa de la película de Jesse Armstrong, aparentemente no tienen interés en el fútbol. En la historia del deporte, no había existido una final tan desequilibrada donde el perdedor no solo no disparó al arco, sino que ni siquiera entró en el área rival durante hora y media, salvo en los tres últimos minutos, cuando el plan de resistir hasta los penales se desmoronó, justo después de que Ferrán Torres, un ferviente admirador de Trump, y celebrando con un gorro de MAGA, anotara.
¿Cómo podría sospecharse un arreglo en una final que premió al único equipo que jugó a ganar, a pesar de haberle anulado un gol de manera controvertida? La narrativa sostiene que Argentina, “presionada por lo de Malvinas, fue forzada a ceder”. Existen videos filtrados, audios manipulados y teorías conspirativas que alimentan una creencia profundamente arraigada en el fútbol argentino: la dificultad de asumir la derrota. No se comprendió que, el pasado domingo, ni siquiera se pudo alcanzar la reacción que había sido clave en partidos anteriores, dado que el oponente era una España que eliminó con facilidad a la favorita Francia, que contaba con Kylian Mbappé. Argentina había agotado sus recursos en el encuentro anterior contra Inglaterra, una victoria dramática que quedó marcada con el cartel de Malvinas.
El absurdo del debate geopolítico aplicado al fútbol llevó a ciertos sectores progresistas del Primer Mundo a interpretar que el simbolismo de la causa legítima antiimperialista equivalía a apoyar a la dictadura militar que propició la guerra de 1982. A una selección notable se le redujo a los epítetos de “racista y violenta”, mientras el fútbol argentino intentaba que sus costumbres autóctonas, las peores de ellas, sean reconocidas y aceptadas globalmente, incluyendo por un poder histórico que omite su propia historia para establecer normas sobre moralidad. Todos se han alineado bajo una condena impulsada por la polarización actual: Argentina contra el mundo, y el mundo contra Argentina. Sin embargo, la convicción de que la victoria nos pertenece permanece intacta.
Los tiburones del algoritmo están satisfechos; han capitalizado incluso la final más deslucida del Mundial, que fue tan mediocre que ni Trump, su supuesto dueño, pudo interferir para mejorarla. Mientras tanto, el maestro de ceremonias, Gianni Infantino, cuenta los millones. La FIFA obtuvo alrededor de 15 mil millones de dólares en este negocio mientras donó un millón a las víctimas del terremoto en Venezuela, un gesto conmovedor.
Infantino que le obsequió a Trump su Premio de la Paz, y Trump, según rumores, desea devolver el favor preparándolo para dirigir la ONU, secundado por Falorim Balogum, su delantero estrella a quien le levantaron una sanción. En este contexto, el mundo consume fragmentos de treinta segundos, sean estos reales o falsos, ya no parece importar, todos unidos contra la selección argentina, que, sin duda alguna, se ha convertido en la villana por excelencia de la historia.
¿Es este el futuro de las Copas Mundiales? ¿Se convertirán en nuevos juguetes de Mountainhead, de aquellos que construyen guerras, convierten países en sus propiedades y sueñan con Marte, donde seguramente persuadirán a Infantino para llevar un Mundial futuro? ¿Qué harán estos personajes con las escasas alegrías populares que nos quedan? El fútbol había sido un pequeño refugio en medio del caos para los jóvenes de Gaza. Las proyecciones públicas del Mundial fueron posibles gracias a Mohamed al-Wahidi, un trabajador humanitario de 57 años, asesinado por misiles israelíes el 7 de julio pasado, un “error” y un horror, cuando se trasladaba en taxi para transmitir el encuentro en el que Argentina venció a Egipto 3-2, con una reacción memorable en los minutos finales. El fútbol como veneno. El fútbol como medicina.







