No es la primera ocasión en que llora vistiendo la camiseta argentina. Lo hizo en duros reveses, como las finales perdidas ante Chile, y también al levantar la Copa del Mundo en Qatar, o incluso cuando tuvo que abandonar por lesión el partido decisivo de la Copa América 2024 contra Colombia. Sin embargo, este Mundial parece presentar una versión renovada del capitán: más sensible, más auténtica y más receptiva a lo que sucede a su alrededor. Como si, tras años de cargar con la responsabilidad de hacer feliz a un país entero, finalmente se permitiera expresar lo que siente.
La entrevista posterior al partido dejó al descubierto el momento que vive. Al ser consultado sobre sus lágrimas y la posibilidad de que ese hubiera sido su último partido en un Mundial, Messi no se centró en sí mismo. Regresó una y otra vez al tema del penal fallado, al esfuerzo de sus compañeros y a una frase que resumió su desahogo: “Tenía mucha bronca por haber errado el penal, porque si lo metía cambiaba la dinámica del partido”. No se reprochó el error por un motivo personal, sino porque sentía que había decepcionado a un grupo que, en sus propias palabras, “merecía seguir peleando”. Es una carga que Messi parece llevar más que nunca: es consciente de que hay una selección entera que corre, presiona y se sacrifica para potenciarlo, y siente la obligación de corresponder ese esfuerzo.
Messi también refleja esa exigencia consigo mismo. “Los goles son parte de mi trabajo”, ha afirmado en ocasiones. Es por eso que los penales errados lo afectan tanto. No porque un penal cambie el rumbo de una historia, ni porque no quiera seguir aumentando una marca que lo tiene con ocho goles, solo por delante de figuras como Erling Haaland, Kylian Mbappé y Harry Kane, sino porque siente un gran compromiso con este grupo.
Algo similar se observa con el público. Messi tardó años en ganarse el cariño de los argentinos. A excepción de algunos momentos, como la Copa América de 2007 o el Mundial de 2014, logró derribar esa barrera con la Copa América de 2021 y otros títulos que transformaron su relación con la selección. Hoy, solo necesita tocar la pelota para desatar la euforia de la gente; un nivel de devoción incomparable al de cualquier otro deportista. Quizás por eso se le ve diferente al final de los encuentros. Se detiene a recibir cartas, rosarios, dibujos, camisetas o regalos de niños. Los acepta, sonríe y agradece. Gestos que antes pasaban desapercibidos y que ahora parecen conmoverlo de un modo especial.
Qatar ha alterado mucho más que el posicionamiento de Messi en la historia. También ha cambiado su manera de vivir el fútbol. Durante casi dos décadas, cargó con la pesada mochila de tener que ganar un Mundial para completar su excepcional carrera. Esa presión quedó atrás el 18 de diciembre de 2022, aunque su competitividad sigue intacta.
Continúa obsesionado con ganar, se enfada cuando pierde una pelota y es el primero en reprocharse un error, pero también se permite conectar con el afecto del público y de sus compañeros. La diferencia es que ya no oculta lo que siente.
El paso del tiempo también influye. A sus 39 años, Messi es consciente de que las oportunidades son limitadas. Aunque nunca ha confirmado que este sea su último Mundial, deja claro que cada partido puede ser el último con la camiseta argentina en una Copa del Mundo. Eso se refleja en la forma en que vive cada himno, cada clasificación y cada abrazo. Ya no busca la revancha; solo existe el próximo partido.
En su camino personal, también aparece un aspecto más íntimo. Durante la fase de grupos circularon diversas versiones sobre el estado de salud de su padre, Jorge, quien ha estado a su lado durante toda su carrera, pero que ahora se encuentra a la distancia, sin poder acompañarlo. Messi nunca se refirió públicamente al asunto, pero es otro factor que lo acompaña en este Mundial, manteniéndolo con las emociones a flor de piel y con el deseo de darle una alegría a su familia en una etapa crítica.
El cambio del tiempo también se manifiesta en su familia. Thiago, Mateo y Ciro ya no son los niños que corrían por el césped de Lusail sin comprender del todo lo que estaban viviendo. Ahora tienen 13, 10 y 8 años, y comprenden mucho más acerca de lo que pasa. Sufren durante los partidos, celebran los goles y también se preocupan por su papá. Messi parece valorar la posibilidad de compartir con ellos esta etapa de su carrera, siendo más consciente del valor de cada recuerdo.
Este sábado, Argentina se enfrentará a Suiza en una nueva oportunidad para asegurarse un lugar en las semifinales. Con varios candidatos ya eliminados, el camino se ha abierto y la selección vuelve a ser vista como una de las grandes favoritas. No solo por la calidad de sus futbolistas, sino también por el carácter que ha vuelto a demostrar frente a Egipto. Messi asumirá nuevamente la responsabilidad habitual, pero con un liderazgo diferente, que se aprecia no solo en la cancha, sino también en su manera más abierta de disfrutar este Mundial.
A lo largo de los años, Messi ha jugado con la obligación de hacer historia. Hoy, juega sabiendo que esa historia ya está escrita. Quizás por eso llora más. Quizás por eso se toma su tiempo ante cada abrazo o cada regalo que le acerca un hincha. Quizás por eso un penal errado lo afecta tanto y un gol lo emociona más que nunca. Porque, por primera vez en mucho tiempo, Messi no parece jugar solo para ganar; también juega para disfrutar. Porque hace tiempo que ya no tiene nada que demostrarle a nadie.








